Gobernar con un Congreso fragmentado exige algo más que convicción. Exige método, paciencia y una disposición permanente al diálogo. Cuando las mayorías no están dadas, la política se construye en la conversación y en la capacidad de escuchar, incluso cuando no hay acuerdos inmediatos. Ese ha sido uno de los rasgos de este ciclo: asumir que las respuestas no siempre llegan rápido, pero que postergarlas indefinidamente también tiene costos.
