Cuando empezó el incendio en Pacific Palisades en Los Ángeles llamé a un antiguo y muy querido amigo para saber como estaba: “En este momento estoy yéndome. Hay órdenes de evacuar la zona”, me dijo. Cuando hablamos al día siguiente, no sabía aún si su casa seguía en pie, pero dos viviendas en su calle estaban ardiendo y él imaginaba lo peor. Al poco tiempo recibí por WhatsApp su mensaje: Confirmado. No queda nada. Se quemó.
